Ramón Arroyo y la eterna renovación

Conocí a Ramón ARROYO a principio de los años noventa de la pasada centuria, me llamo poderosamente la atención sus espectaculares cuadros de gran formato, tan laboriosamente trabajados con un acabado que denotaba el virtuosismo técnico del autor.

Eran cuadros casi épicos, llenos de una estudiada simbología narrativa en busca de una comunicación más allá del mero lenguaje plástico, después de contemplar tan espectacular obra de este singular pintor me creí haberlo visto todo de él y que su capacidad de asombrarme terminaba en ese punto, me equivocaba.

Encasille a Ramón ARROYO como un pintor realista capaz de desplegar su difícil alarde técnico en pinturas de espectaculares imágenes de contenido poético y simbólico...me volví a equivocar, no paso mucho tiempo en que sorpresivamente Ramón desplego toda una serie de cuadros abstractos de pequeño formato, en las antípodas del discurso de su anterior obra, lo que tenían en común eran el afán laborioso de cada cuadro por dejar lo mejor de sí mismo en cada pincelada, cuadros que sugerían paisajes imposibles de otros mundos, quizás de otras dimensiones a las que físicamente le estaría vetada la entrada a cualquier ser humano que no poseyese la sensibilidad del autor.

Desde entonces Ramón ARROYO no ha dejado de sorprenderme por mucho que me prepare para sus inesperados saltos en el espacio artístico en que tan bien sabe moverse, metafóricamente Ramón es como un púgil cuyo cuadrilátero de batalla es el arte, cuando crees que lo tienes atrapado contra las cuerdas del convencionalismo es capaz de zafarse y esquivar en el último segundo para volverte a sorprender con una nueva serie de obras nuevas y frescas.

Retratos analizados por su singular mirada, cuadros de marcado y anacrónico carácter surrealista, realismo salpicado de energética y espontaneas pinceladas, abstracción alejada de toda realidad comprensible, texturas y materias combinadas con retales de tradición simbólica, ,todo vale para enriquecer el mundo pictórico en que Ramón nos sumerge en cada nueva serie, temática y materia pictórica se funden en un solo fin: mostrar de la más bellas de las maneras el mensaje que se encierra en cada cuadro. Su inquietud le ha valido para experimentar con materiales, formas y temas que otros autores ni siquiera se han planteado por su dificultad o por suponerle poco interés temático, de esta manera su habilidad como dibujante y artesano de la línea y el color con las más variadas técnicas le permiten reinventarse una y otra vez como un autentico artista que nunca ha puesto limites a su curiosidad creativa.

Asombra su rapidísima capacidad de hacer suyo cualquier tema que le interese y crear para él un tipo de lenguaje único y expreso, el que considera el autor que es el adecuado para desarrollar sus cualidades estéticas y plásticas, eso es lo que ha conseguido con su última serie dedicada al rugby, desarrollando un peculiar estilo a la hora de mostrar el movimiento, la fuerza, el impacto, la habilidad de los jugadores, el orgullo de un deporte que parece convertirse en todo un grito por la batalla, por la vida, reflejado en su elegante dibujo de gruesas líneas negra que envuelven rítmicamente cada escena, tan plástica y real a la vez que parece oírse el grito de la afición aunque solo sea el ojo de espectador quien contemple calladamente la obra, colores imposibles de conseguir por otros medios que no sean los ideados por este singular artista.

Ramón ARROYO nos ha vuelto a sorprender con otra gigantesca serie de cuadros, de temática deportiva, de atletas en plena batalla, casi como héroes mitológicos, pero llenos de la poesía plástica que solo un artista como Arroyo puede plasmar con su singular forma de crear, jamás cl ntgbi se pudo contemplar de esta manera tan particular que ahora el autor hace universal a través de su pintura.

Antonio Cerpa.